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Willy Quiroga | Carlos Gardellini | Simón Quiroga |

Willy Quiroga | Carlos Gardellini | Simón Quiroga |

Nota: Maxi Rivera

Foto: Carlos Costa (Tio Tom)

VOX DEI 50 AÑOS- CUANDO TODO ERA Y ERA NADA EL PRINCIPIO

¿Cómo explicar lo que se vivió la noche del primero de septiembre en Mister Jones? ¿Cómo reproducir tantas sensaciones? ¿Cómo describir tanta euforia? Es difícil pero bueno, mi trabajo es ese, poner en palabras lo que viviste al estar ahí o contarles lo que pasó a quienes no pudieron estar. Voy a intentar ser lo más claro posible, así que bueno, allá vamos.

Al llegar al lugar, antes de entrar miro arriba de la puerta de entrada y veo el afiche que anuncia el show: VOX – Willy Quiroga -Carlos Gardellini – Simón Quiroga. Y aunque el cartel no diga Vox Dei, todos sabemos que vinimos a ver a Vox Dei, que lo demás es todo salamería legal. Porque como es de público conocimiento, la banda que hasta hace poco era conocida como Vox Dei ahora no puede llamarse así debido a un conflicto legal con Ricardo Soulé. Pero bueno, el nombre del envase no importa, es sólo una expresión en latín, lo importante está adentro. En la calle hay gente fumando y gente que no fuma pero conversa. Otros que aprovechan las mesas de la vereda para tomar algo de aire, beber, comer e intercambiar opiniones. Atravieso la puerta y veo que el local está a tope. Mucho hombre grande con pelo largo canoso asomando por debajo de una gorra con el nombre de la legendaria banda. Mucha campera de jean, parches con la imagen de las islas Malvinas, mucho padre de sesenta y pico con su hijo de cuarenta, mucho padre de cuarenta con su hijo adolescente, madres con sus hijas e hijas sin sus madres, grupos de mujeres solas, hombres solos que vienen a ver un buen show y a comulgar con gente que sienta lo mismo. En el ambiente se palpa un clima especial: la banda iba a registrar el show para luego ser editado por Mister Jones Records. En el escenario Mariano Hernandorena hace las veces de artista soporte con un set acústico en el que se despacha con temas de los Rolling Stones y de su banda Séquito Arrogante.

Cerca de la medianoche entra en escena la banda que no puede llamarse Vox Dei. Ataviado con su clásico sombrero alado, remera roja y pantalones negros, a sus 77 años y celebrando 50 años de carrera Willy Quiroga exhibe una figura imponente y portentosa que se proyecta sobre todo el lugar; si uno se pone a pensar un poco entiende que tiene ante sí a una leyenda del Rock Nacional, a uno de esos tipos que estuvieron ahí cuando se gestó todo y que todavía viven para contarlo. El show arranca con A nadie le interesa si quedás atrás y entonces todo va sobre rieles. El laburo de Gardellini en la guitarra es impecable, es una aplanadora tanto en la rítmica como en los punteos. Apoyándose sobre la base compacta que conforman el líder de la banda y su sobrino —un mecanismo de relojería que parece bien lubricado por la consaguinidad de estos dos monstruos—, el guitarrista se siente cómodo y se mueve con soltura, aportando además de sus punteos salvajes, los coros y la voz principal en un par de temas.

Cuando uno asiste a un show de una banda tan legendaria, sabe que el setlist, más que una lista de temas es un recorrido por distintas épocas pero de un modo no lineal. Y así, del arranque con una canción de 1970 pegamos un salto cuántico de 24 años para escuchar Como toro del albúm Sin darle ya más vueltas, el único aporte discográfico que hizo la banda en la década del 90, álbum al que volverían más tarde para ejecutar Si vas por bien, momento en el que Willy aprovechó para recordar al queridísimo pulpo Rubén Basoalto, autor de la letra de esa canción. El lugar se llena de aplausos afectuosos para el músico fallecido en el año 2010.

“Ahora vamos a tocar un valsesito criollo, pero bueno, ustedes saben que es mentira” dice Willy y ahí nomás pega otro salto temporal, esta vez al año 1972, más precisamente a Jeremías pies de plomo.

Promediando el show el trío se transforma en quinteto, ya que se suman a la formación Maximiliano Rufo (intercaló guitarra acústica de 12 cuerdas con viola eléctrica) y Alejandro Arias en los teclados. Es hora de darle descanso al rock y ponernos melosos con una canción de 1978: No dejaré que vivas en mí. En la misma línea le siguieron Corazón dispuesto y Tan solo un hombre. También hubo tiempo para que podamos escuchar El misil, un adelanto de su próximo álbum. Lo escucho con atención, es un rock potente y agradable. Oigo la letra y distingo el mensaje: “Si es el dinero tu fuerza motriz, la vida ya te dio su misil”.

Y si de hacer alusión a ex miembros de la banda se trataba, llegó el momento de recordar de un modo menos afectuoso a Ricardo Soulé. “Decile a Ricardo que si la quiere que la venga a buscar” grita alguien del público. Willy recoge el guante y contesta: “yo no busqué esto, si te llega una carta a documento tenés que reaccionar. Pero bueno, igual le deseo que le vaya bien. Tenemos que ir todos juntos hacia un mismo lugar, este país es un país muy grande, muy groso”, agrega y ahí nomás, en tono pacificador y sin ánimo de entregarse al juego de la chicana fácil ante el conflicto con su ex compañero de banda, arranca con El camino. El mensaje que encierra su lírica es contundente: tenemos que encontrar el camino que lleva a la paz interior.

Pero el momento clave de la noche, lo que marcó un antes y un después, fue la interpretación de Génesis. Ya desde el vamos, mientras el señor Quiroga desliza su dedo hasta la nota Sol sumergimos nuestra mente en ese momento en el que todo era nada y era nada el principio. Y cuando Willy tira su agudo en “Y fue aaaaaaaaaasí” la gente delira, delira porque la garganta de Willy parece estar intacta, delira porque esa es la misma voz que todos tenemos grabada en nuestro gen cultural, delira porque eso es lo que habíamos ido a buscar: al portador del fuego sagrado. El solo de viola de Gardellini es apoteósico y la gente entra en trance, el lugar se llena de sensaciones y la sensibilidad se apodera de la piel. Estoy a un costado y no puedo creer lo que estoy viviendo, es como si estuviéramos en los años 70 pero con el sonido de hoy. Miro a mi alrededor y me imagino a muchos de los que están acá sintiéndose como en aquellas épocas de gloria. Algunos agitan la cabeza y los brazos, otros en cambio eligen filmar y quedarse con el recuerdo. Son momentos en los que tenés que elegir: entregás tu cuerpo y tu mente a la sensación hipnótica y colectiva que hace que sientas que estar en comunión con esas personas es algo hermoso, o sacás tu celular y filmás para quedarte tranquilo, para ya en tu casa apretar play y revivir lo que viste, para mostrarle a los demás eso de lo que fuiste parte. ¿Se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo? De alguna manera, sacar el celular y registrar los momentos que nos emocionan es la reacción más espontánea que tenemos las personas del siglo XXI. Ya no hacemos pogo: filmamos. No nos alcanza con contarlo, queremos llevarnos imágenes que nos ayuden a reconstruir eso que sentimos. Pienso esto y llega la parte final de la canción, donde la banda pone el pie en el acelerador hasta llegar a un climax donde todo explota. La gente reacciona y se pone de pie, como si estuviera en un estadio o en un teatro. El cuerpo no puede contenerse, la silla que en un momento te sirve para descansar de repente es sólo algo en lo que estás contenido y te impide expresar lo que te pasa. Tenés que pararte, agitar el cuerpo y gritar.

Después de tamaño momento es el turno de Libros sapienciales y ya estamos todos entregados. A tal punto que en la coda de la canción Willy nos cede el protagonismo y estamos todos cantando aquello de “sólo sé, que sé querer, y que tengo dios y tengo fe, que doy amor y puedo ser”. Miro alrededor y sólo veo caras de felicidad. La legendaria figura que está en el escenario se emociona ante tanta devoción y no puede más que agradecer.

La fiesta continuó con Es una nube no hay dudas y Azúcar amargo, cuando llega el momento del falso final de show. La gente delira y pide más. “Déjenme tomar un poco de aire”, dice Willy, “estoy haciendo lo que puedo”. Y claro, suele pasar, justo el día en que tocás y grabás un disco en vivo, arrancás el día con problemas de salud. Pero el resfrío y el catarro no fueron obstáculo para que la entrega de esta leyenda fuera total y para que por un momento esa máxima que dice que el tiempo pasa para todos no fuera más que una de esas ideas falsas que las personas de este siglo sí o sí necesitamos tirar abajo.

Mientras los músicos toman un poco de aire entre bambalinas la gente no para de gritar. El Tío Tom tira su ya clásico grito gutural (¡Otraaaaaa!) mientras alguien que no distingo se encarga de tocar la campana que está cerca de la barra. Hasta que la banda vuelve y se despacha con Ritmo y blues con armónicas. Gardellini se florea con sus solos, Simón toca el bombo en negras y aplaude con los palos mientras todos cantamos que hoy empezamos a ver con más claridad lo que nos rodea. No puedo contenerme, saco mi celular y cual homínido del siglo XXI me pongo a filmar y a cantar. Ya no me importa nada, siento euforia hasta que termina la canción. Una más y no jodemos más, gritamos. “Mentira, no les creo nada” nos dice la leyenda y nos reímos. Es momento de tocar Presente y decir adiós, porque aunque nos duela lo tenemos que aceptar: todo tiene un final, todo termina. Así de simples y complejas son las cosas.

El show fue tan bueno que al otro día todavía me duraba la euforia. Pienso que cuando uno va a ver un show de rock y sale eufórico desea que esa sensación no se esfume con el desayuno y además nos sirva de leit motiv para encarar el día. Tomo el celular y miro lo que filmé. Entiendo que disfrutar el momento con todos los sentidos y a la vez estar filmando no es algo imposible. La frase se instala en mi mente como un mantra y la repito todo el día: hoy por la mañana sentí nuevamente estas locas ganas de quererme bien…

 

 

 

 

 

 

 

 

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MrJones Live